| Compañera en el seminario |
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| Escrito por Jesús Fernández Jiménez | |||||
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Sería relativamente fácil para mí hacer un pequeño tratado de la Virgen que expusiera lo que lo largo de la historia, la Iglesia ha dicho de nuestra buena madre. Pero me gustaría más expresaros cuál ha sido mi experiencia con María en estos años de seminario. Como ya sabéis, antes de entrar en el seminario, la Virgen ya ocupaba un gran espacio en mi corazón, en parte por culpa de Juan Manuel, que tanto ama a la Virgen que contagia su amor por ella. En el seminario la he descubierto como acompañante del camino, pero no como mera acompañante pasiva, sino como guía y protectora. Guía porque siempre te señala cual debe ser la meta de tu camino: Jesucristo; y protectora porque unido a ella, el enemigo no se acerca a ti. Esto lo he podido descubrir gracias al rezo del Santo Rosario, que me ha ido uniendo cada vez más a nuestra madre y con ella a su hijo, Jesús. Pues la unión verdadera con ella te lleva a su Hijo. Cuánto bien me ha hecho contemplar los misterios del rosario con los compañeros de seminario en la capilla o en la soledad del claustro, cómo parecía repetir conmigo ¡Ave María! Cuánto sosiego ha puesto en mi corazón en llamas de fuego para que me entregara cada día más al Señor; cómo ha helado mis pasiones para que me mantuviera fiel al Señor, cómo ha parado mi lengua para que no dijera nada malo de mis hermanos y cómo ha ido agrandando mi corazón para que no guardara rencor a nadie y para que todos cogieran en mi corazón. En definitiva, cómo he ha ido puliendo para que pueda llegar a decir como Pablo: “soy yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mi”. Me gustaría terminar con una poesía que escribí en el seminario y que resume el amor de los seminaristas a la Virgen, nuestra Madre:
Jesús Fernández Jiménez
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