| Conocer y amar a Cristo de la mano de María |
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| Escrito por P. Jorge Eduardo Castellanos Ávila | |
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De un verdadero cristiano se espera que fundamentalmente llegue a conocer y amar a Jesucristo; el seguirlo, anunciarlo y mantenerse fiel a Él requiere de las dos condiciones iniciales. Por algo el conocer y el amar son dos acciones que a lo largo de la Biblia encontramos inseparablemente unidas a la hora de referirnos al misterio y al proyecto de Dios. Estos dones, el conocer y el amar, fundamentalmente se deben a una gracia del Espíritu Santo y a esto van orientadas las palabras del Señor: "Cuando venga el defensor, que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. Y vosotros también lo daréis, porque estáis conmigo desde el principio" (Jn 15, 26-27). Sin embargo, aunque este papel fundamentalmente es atribuido al Espíritu Santo, quien nos lleva a abrazar la fe en Jesucristo, a amarlo con intensidad y a seguirlo con fidelidad, no agota la posibilidad que Dios también se haya valido de otros pedagogos y testigos que nos señalan más claramente el camino para poder conocer y amar a su Hijo. Y, ¿quién mejor que María, la humilde mujer, que elegida por Dios se convirtió en Madre de su Hijo, quien conoció y amó de forma singular a aquel que es el motivo de nuestra fe y de nuestra esperanza? Por eso, si el conocer y amar a Jesucristo es lo fundamental para un cristiano de verdad, no menos importante resulta ser el conocer y amar a María; al fin y al cabo ella nos remite directamente a su Hijo, sus caminos llevan a Cristo. Quien profese la fe auténtica en Jesucristo no podrá eludir el papel de María en la historia, en la Iglesia y en su propia vida de creyente. La particular advocación a Nuestra Señora de las Angustias, cuya imagen veneran los moralos y tantos otros devotos de cercanas y lejanas tierras, nos ayuda a dar razón a esto que afirmamos. Este conmovedor episodio al pie de la Cruz, es oportunidad para conocer -con la mentalidad de la fe- un aspecto del insondable misterio de nuestra fe, a saber, el Misterio Pascual, término con el cual designamos la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Este momento, donde Jesús es descolgado de la Cruz y unos cuantos discípulos se disponen a llevar su Cuerpo al sepulcro, encuentra un oasis misterioso de vida en los brazos de María. Este momento, tantas veces inmortalizado por los artistas, presenta al mundo una belleza raramente estética: la muerte y la vida, el vencimiento y la esperanza, la crueldad y la ternura, las lágrimas y la sangre; es un Cristo muerto, aparentemente vencido por la crueldad y la injusticia de este mundo, una sangre inocente, un proyecto momentáneamente fracasado, pero misteriosamente el Cuerpo de aquel que reposa sobre María es el artífice y restaurador de la vida, el vencedor cuya espada es la misma Cruz con la que aparentemente fue vencido, el Redentor que nos ha comprado a precio de sangre, manifestando hasta el extremo el amor que Dios nos ha tenido. El papel de María allí no fue accesorio, ni accidental, ni anecdótico, su papel allí fue y sigue siendo fundamental, porque su intervención no se quedó en un pasado histórico sino que perdura en un presente en el que la gracia de aquél Misterio sigue siendo aplicada a nosotros. Aquella que estuvo tan cerca de los grandes misterios de su Hijo, porque los vivió en su propia carne y espíritu: la encarnación en su seno, su nacimiento, su ministerio público tan agitado, es la misma que ahora lo acompaña en el momento definitivo, conservando aún su papel de Madre y Testigo. Aquel episodio, ciertamente conmovedor, nos permite comprender que entre María y Jesús había una profunda compenetración, ¿Cómo separar el misterio de María del misterio de Cristo? La prueba más grande para María sin lugar a duda fue la experiencia del calvario. Este fue el verdadero crisol para las virtudes de la fe, el amor y la esperanza de aquella humilde mujer. Allí se podía saber con total certeza si el Sí que había pronunciado ante el Arcángel no había sido fruto de una euforia espiritual, sino un Sí radical, porque en momentos como estos amenazaba la más oscura de las tinieblas y de las incertidumbres: ¿Por qué este camino y no otro?, ¿cómo derribará Dios a los soberbios y a los ricos los despedirá vacíos?, ¿ahora qué proezas hará con su brazo si todo parece perdido? (Cfr. Lc 1, 46-55). Sus lágrimas son silencio reverente y otra manera de decir hágase!, fíat!; "Stabat mater dolorosa, iuxta Crucem lacrimosa, dum pendebat Filius" (Estaba la madre dolorosa junto a la Cruz, llorosa, en que pendía su Hijo). Su actitud, aunque de Madre con el corazón destrozado por la espada de aquella Hora, es actitud de creyente. Pero bien sabía la llena de gracia, lo intuía con la sabiduría de la fe, que aquel que había recibido vida en su seno y que ahora reposaba en sus brazos sin aliento ni latido, restauraría la vida y se alzaría victorioso. Ella lo sabía y así lo había creído aunque paradójicamente no supiera todos los por qué. Ella es testigo del momento en el que el misterio de la muerte y la vida se encuentran, en el que poco a poco la luz vence a las tinieblas, en el que el vencido se va haciendo vencedor, en el preciso momento en el que la humanidad, a la que su Hijo había asumido en la encarnación, ahora estaba siendo redimida y ella se convierte en la primera beneficiada. El evangelista san Juan nos cuenta con detalle cómo Jesús entrega María al discípulo amado como madre, quien no sólo la lleva a casa, como comúnmente se traduce, sino que la asume como parte fundamental de sus "cosas más preciadas" (Cfr. Jn 19, 26-27). ¿Quién resultó recibir mayor provecho, Juan o María? Aquel discípulo que tantas veces expresó amar tan profundamente al Señor, ahora recibe de su Maestro la mayor manifestación de amor. Quien dice amar a Cristo de verdad, no puede rehusar el amor de María. Sin lugar a duda que ella también amaba a aquel discípulo, porque éste a su vez amaba a su Hijo. Juan representa al pie de la Cruz a todo aquél que quiere amar y conocer más a Jesucristo, en verdad al igual que él hay muchos otros discípulos amados. El primer beneficio que recibe aquel discípulo de su madre, es la lección de fe que estamos meditando de María al pie de la cruz. Es como si Cristo antes de morir le hubiese dicho al discípulo: ¿quieres conocerme más, amarme más y seguirme más fielmente? Pues ahí te dejo a mi madre, que ahora es tu madre, para que aprendas de ella. Feliz tú Juan, porque tuviste el privilegio de llevar contigo a María y sentirte doblemente amado! Te beneficiaste de un amor que no rivaliza con el amor de tu Maestro, porque María ama a quien ama a su Hijo y el amor a María remite al amor de Cristo. En aquel momento María también es imagen y figura de la Iglesia. Ella no está al pie de la Cruz haciendo sólo las veces de madre del Redentor, sino también de madre de los redimidos. El misterio es mucho más grande que aquello que logramos comprender. Ella es miembro de la Iglesia, pero sin embargo la trasciende, por el hecho de haber contribuido a su formación. Ella es madre de la Iglesia por ser madre de la cabeza de la Iglesia, pero también es miembro de la Iglesia porque es creyente; en la Iglesia ella es salvada como nosotros, pero también en ella María es madre y maestra. En el acontecimiento de la Cruz María personifica a la Iglesia que acoge en su seno a quienes han sido salvados por Cristo. Ambas, María y la Iglesia son madres y esta última no puede ser comprendida sin la maternidad de María. Si aplicamos toda aquella experiencia de María a la Iglesia, resulta que la Iglesia se hace más Iglesia en cuanto vive la experiencia de María. En otras palabras, la Iglesia no sólo contempla aquel episodio de la Cruz como un dato histórico que le pasó tan sólo a María, sino como un momento presente de salvación que sigue aconteciendo en el aquí y ahora de la historia; es toda la Iglesia la que vive de este misterio y con María, de su mano, se sumerge en él. Más allá de la contemplación visual o mental de las verdades que nos sugiere la advocación a Nuestra Señora de las Angustias, el verdadero devoto pasa a la vida y a la acción. María conservó aquel acontecimiento en su corazón pero no de manera pasiva. Lucas al comenzar su libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra que María, cuando hubo resucitado el Señor, estaba acompañando a la Comunidad de los doce, diríamos hoy, viviendo esos primeros instantes de Iglesia, en la que pronto sería derramada la plena eficacia del Espíritu (Cfr. Hch 1, 14). Su testimonio y la cercanía a los discípulos llegó a ser muy importante, puesto que su figura no desaparece al pie de la Cruz, en las sombras, sino que brilla iluminada por el resplandor del Resucitado y por los rayos de del Espíritu de Pentecostés. Ella es testigo no sólo de la muerte sino también del retorno a la vida, se hace peregrina en una Iglesia que conoce y ama a su Hijo, en la que nos unimos a Él y se nos comunica la vida de su misterio a través de los sacramentos. Bien sabemos nosotros, por el testimonio de las primeras Comunidades, cuyo legado conservamos en los escritos del Nuevo Testamento, que aquellos cristianos celebraban la actualización de aquel acontecimiento de Cristo, el mismo que vivió María, en la Eucaristía (Cfr. 1Cor 11, 23-26). Dispendioso sería ahora citar y explicar todos los textos bíblicos que expresan la identidad entre la Eucaristía y el Misterio Pascual de Cristo (su Pasión, muerte y resurrección), misterio que predicaron los Apóstoles, sobre todo san Pablo. No podemos olvidar tampoco cómo aquella comunión, realizada en el único misterio de nuestra salvación, hizo tomar conciencia a los primeros cristianos que entre ellos debía existir también una comunión de bienes materiales, manifestados en obras de caridad y de justicia, al igual que una comunión de bienes espirituales, poniendo a común disposición todos aquellos dones y carismas que unos y otros habían recibido (Cfr. Hch 2, 44-47; 1Cor 12, 4-11). Así, el verdadero devoto a María no sólo contempla, sino que imita sus actitudes, las mismas que asumieron los primeros cristianos, para quienes María se convirtió en compañera de camino, madre y modelo. No basta sólo con mirar a la imagen, rezar con fe, admirar su belleza, meditar el misterio que nos sugiere y agradecer a Dios que nos haya dejado a tan grande pedagoga, refugio e intercesora. Es verdad que estas actitudes son expresión de una genuina y profunda devoción a María, pero como no se trata de una piedad vivida en primera persona sino en comunidad, se hace necesario expresarla en la vida sacramental, aquella que nos une a Cristo y a nuestros hermanos, en una vida activa en la Iglesia, así con en obras piadosas, de amor y de servicio para con los hermanos. Que esta devoción tan auténtica, tesoro de los moralos, nos empuje cada vez más a conocer, amar y testimoniar a Cristo con mayor entusiasmo y convicción de cristianos.
P. Jorge Eduardo Castellanos Ávila
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